© 2017 by Ivonne Garrido, Personal Coach, ACC.

Un Pueblo

November 8, 2018

Esta no es una historia

 

Erase una vez un pueblo en onde el tiempo transcurría el tiempo con velocidad propia; sus habitantes no tenían relación con las horas del reloj sino con la aparición del sol cada mañana.

Tampoco sabían de las temperaturas, solo percibían como los cultivos se bañaban de los beneficios de las estaciones, por lo que les parecía poco importante comentar sobre los efectos climáticos.

 

El trabajo era la vida, todos colaboraban para que el pueblo se mantuviera bien, para el bienestar de todos.

 

Sus habitantes criaban hijos sin importar de que familia venían. Los abuelos se hacían cargo de las tareas sabias, como las decisiones complejas que requerían conocimiento y experiencia.

 

Los jóvenes eran aprendices de la vida y se les impulsaba en las tareas que desafiaran sus habilidades tanto físicas como estratégicas.

 

Los adultos estaban en el constante balance entre el quehacer y la experiencia, entre la novedad y la sabiduría, su derecho era estar atentos y su deber era estar presentes.

 

Todos tenían derecho a decir lo que pensaran y sentían, todos tenían derecho a ser escuchados y todos tenían el deber de escuchar.

 

El silencio era valorado como un tesoro sagrado, se consideraba como un tiempo personal para reflexionar, evaluar situaciones, y absorber con cuidado las conversaciones de los abuelos.

 

El pueblo gozaba de grandes beneficios regalados por la tierra y el cielo. Agua transparentes, tierras generosas, arboles gigantes, cielos cuidadosos y aire limpio eran los tesoros del pueblo, y los que hacían que sus habitantes fueran personas alegres y generosas.

 

Por otro lado, contaban con grandes desafíos, vientos poderosos, lluvias abundantes, calores abrumantes y cada cierto tiempo sorpresas que estremecían la tierra. Esto hacia de sus habitantes seres respetuosos, valientes y cautelosos.

 

Los habitantes no tenían conflictos, tenían diferencias en sus miradas. Tampoco habían peleas pero si opiniones encontradas. Hombres y mujeres complementaban sus visiones en beneficio de un bien mayor, el bienestar de todos.

 

Los hijos crecían naturalmente al igual que los abuelos morían naturalmente. Los adultos sostenían las conversaciones necesarias, las que sentían importantes y los jóvenes escuchaban atentos tomándose el tiempo para empaparse de la palabra.

 

La creación artística en todas sus formas era el alimento al espíritu del pueblo, esta tarea colectiva los unía en el conocimiento, el aprecio por la belleza y en la transcendencia colectiva.

 

El pueblo no tenía palabra para felicidad, pero si para vivir.

 

 

… El que cree crea

El que crea hace

El que hace se transforma a sí mismo y transforma a la sociedad en la que vive

 

Proverbio Maya

 

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