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Un Pueblo / A town

Esta no es una historia

Erase una vez un pueblo en onde el tiempo transcurría el tiempo con velocidad propia; sus habitantes no tenían relación con las horas del reloj sino con la aparición del sol cada mañana.

Tampoco sabían de las temperaturas, solo percibían como los cultivos se bañaban de los beneficios de las estaciones, por lo que les parecía poco importante comentar sobre los efectos climáticos.


El trabajo era la vida, todos colaboraban para que el pueblo se mantuviera bien, para el bienestar de todos.


Sus habitantes criaban hijos sin importar de que familia venían. Los abuelos se hacían cargo de las tareas sabias, como las decisiones complejas que requerían conocimiento y experiencia.


Los jóvenes eran aprendices de la vida y se les impulsaba en las tareas que desafiaran sus habilidades tanto físicas como estratégicas.


Los adultos estaban en el constante balance entre el quehacer y la experiencia, entre la novedad y la sabiduría, su derecho era estar atentos y su deber era estar presentes.


Todos tenían derecho a decir lo que pensaran y sentían, todos tenían derecho a ser escuchados y todos tenían el deber de escuchar.


El silencio era valorado como un tesoro sagrado, se consideraba como un tiempo personal para reflexionar, evaluar situaciones, y absorber con cuidado las conversaciones de los abuelos.


El pueblo gozaba de grandes beneficios regalados por la tierra y el cielo. Agua transparentes, tierras generosas, arboles gigantes, cielos cuidadosos y aire limpio eran los tesoros del pueblo, y los que hacían que sus habitantes fueran personas alegres y generosas.


Por otro lado, contaban con grandes desafíos, vientos poderosos, lluvias abundantes, calores abrumantes y cada cierto tiempo sorpresas que estremecían la tierra. Esto hacia de sus habitantes seres respetuosos, valientes y cautelosos.


Los habitantes no tenían conflictos, tenían diferencias en sus miradas. Tampoco habían peleas pero si opiniones encontradas. Hombres y mujeres complementaban sus visiones en beneficio de un bien mayor, el bienestar de todos.


Los hijos crecían naturalmente al igual que los abuelos morían naturalmente. Los adultos sostenían las conversaciones necesarias, las que sentían importantes y los jóvenes escuchaban atentos tomándose el tiempo para empaparse de la palabra.


La creación artística en todas sus formas era el alimento al espíritu del pueblo, esta tarea colectiva los unía en el conocimiento, el aprecio por la belleza y en la transcendencia colectiva.


El pueblo no tenía palabra para felicidad, pero si para vivir.


… El que cree crea

El que crea hace

El que hace se transforma a sí mismo y transforma a la sociedad en la que vive

Proverbio Maya

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This is not a story

Once upon a time, there was a town in which time went by at its own pace; its inhabitants did not follow time through the clock but by the observation of the sunrise and the sunset.

They also didn’t know about good or bad temperatures, they only knew how the crops bathed in the benefits of the seasons, so it seemed unimportant to comment on the climate.


Work was life; everyone collaborated for the benefit of everybody else, for the welfare of all.


Its inhabitants raised children no matter what family they came from. Grandparents took charge of the tasks that required wisdom, such as the complex decisions that called for knowledge and experience.


The young ones were apprentices of life; they were driven by tasks that challenged their physical and strategic abilities.


Adults were constantly balancing performance and experience, novelty and wisdom. They had the right to be attentive and the duty to be present.


Everyone had the right to express their thoughts and feelings, everyone had the right to be heard and everyone had the duty to listen.


Silence was valued as a sacred treasure, it was consider as personal time to reflect, evaluate situations, and carefully absorb the conversations with the grandparents.


People enjoyed tremendous benefits given by the earth and the sky. Clear water, generous land, giant trees, vigilant skies and clean air, these were the treasures of the town, and these made its inhabitants cheerful and generous people.


On the other hand, they had great challenges, powerful winds, abundant rains, overwhelming heat, and every so often surprises that shook the earth. These made its inhabitants respectful, brave and cautious beings.


There weren’t any conflicts; they had different lenses to look at certain events. There were no fights but differences of opinion. Men and women complemented their visions for the benefit of a greater good, the welfare of all.


Children grew naturally just as grandparents died naturally. The adults held the necessary conversations, those that they felt were important, and the young ones listen carefully taking the time to immerse into the words.


The artistic creation in all its forms was the food for the spirit of the people; this collective task unified them in knowledge, appreciation for beauty and in the communal transcendence of all as one.


The town had no word for happiness yet they did for life.


… He who believes creates

He who creates makes

He who transforms himself transforms the society in which he lives

Mayan Proverb