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Cuando un Hombre Golpeó a una Mujer / When a Man Beat Up a Woman


Cuando tenía poco más de 8 años era usual que mi hermana y yo saliéramos con papá a hacer tramites. Nunca sabíamos bien donde íbamos o a qué hora volveríamos, tampoco teníamos claro que era el tramite ya que para nosotras significaba básicamente quedarnos en el auto hasta que papá volviera. Esto podía tomar unos minutos o un par de horas.


Lo mejor de estas esperas era que papá nos compraba juguetes, revistas, libros, dulces, gaseosas, lápices, y miles de otras cosas entretenidos, sobornos que cumplían a la perfección con su objetivo de entretenernos y que se nos pasara el tiempo volando.


En casa mamá nos esperaba con la mesa puesta y la comida caliente, todo listo para la cena, sin embargo nosotras volvíamos sin hambre, sucias por los lápices de colores, y cansadas de tanto jugar. El ambiente se volvía tenso y por lo general el tramite terminaba en un castigo para nosotras, y un regaño para papá por ser papá. El tramite en sí nunca era mencionado en detalle, entonces tampoco sabíamos de que se trataba todo el enredo. A pesar de estos regaños los tramites continuaron.


Recuerdo un tramite en particular en el que papá nos dejó en el auto. Nuestro vehículo era como un avión de grande: de marca Impala, espacioso, con grandes vidrios y algunos botones que podíamos apretar para curiosear. Los asientos eran de esos largos, que cubrían el interior de lado a lado sin ninguna división ni cinturón de seguridad, nada que bloqueara el espacio, podíamos hasta usar el piso para ampliar nuestras actividades.


Para este tramite en particular nos estacionamos frente a una frutería, de esas que pone toda la mercadería a la vista del público ocupando media vereda. Al costado derecho de ésta, se vislumbraba una escalera, de esas muy delgadas y oscuras, comunes en las casas altas y antiguas de Valparaíso. Allí estábamos nosotras enfocadas en nuestras creaciones, cuando escuchamos unos gritos en la calle. Papá nos tenía prohibido bajarnos del auto, así que levantamos nuestras cabezas y nos asomamos por las ventanas para mirar lo que estaba pasando.


Por la escalera del costado, vimos rodar a una mujer seguida por un hombre que en forma descontrolada procedió a patearla en el piso. Al mismo tiempo y con los brazos fuertes y agarrotados, la agarró de los pelos y la arrastró hacia el frente de la frutería botando algunas de las bandejas que estaban en exposición. La gente se detuvo a mirar en silencio y nadie dijo nada. La mujer gritaba y lloraba desesperada haciendo lo posible por protegerse y nadie hizo nada.


Enroscada en posición fetal en la calle, hacia lo posible por cubrirse y protegerse, el hombre estaba fuera de sí. De repente, se saco el cinturón y procedió a continuar con la paliza sin control. Recuerdo haberme detenido a mirar con detalle la hebilla, era grande, plateada, gruesa, y se notaba pesada, no deje de pensar en cuanto le dolía a ella cada uno de esos golpes. El por su parte, cada vez más fuera de si, vociferaba insultos que no alcanzaba a procesar, pero que sonaban graves e hirientes. En todo momento los golpes de cinturón continuaron su ritmo castigador.


La gente miraba de reojo esta horrorosa escena, un par de mujeres se miraron entre ellas con una especie de vergüenza compasiva, y dos hombres permanecían inmóviles frente a la frutería protegiendo la mercadería. Nadie detenía al golpeador ni tampoco protegía a la victima.


Mi hermana y yo observábamos en silencio todo lo que pasaba, nunca habíamos presenciado a adultos fuera de control de esta manera, nosotras nos mechoneábamos porque éramos hermanas, pero eso, esa rabia, ese horror, ese abuso, ese miedo no lo habíamos visto hasta entonces.


Cuando la paliza estaba en pleno curso, papá abre la puerta del auto, y rápidamente nos ordena sentarnos y no seguir mirando. Puso el auto en marcha y nos alejamos.


En forma disimulada, gire la cabeza y recuerdo haber visto como el hombre arrastró a la mujer por los pelos escaleras arriba dejando una caminillo de sangre que evidenciaba el maltrato que ella estaba sufriendo.


Nos alejamos, la gente se dispersó y nunca supe los detalles de aquella escena. Le preguntamos a papá de que se trataba eso, si el conocía al caballero, o a la señora y él nos respondió: ¡no me pregunten nada de esto, y no le vayan a contar a mamá!


Así lo hicimos, no preguntamos ni contamos nada, ni siquiera lo comentamos entre nosotras, al igual que el resto de la gente que estaba ahí, no hicimos nada.


Lo Que Veo Hoy en Esta Historia


De esta historia recuerdo los gritos, la sangre, la ira, y sobretodo a la victima. También recuerdo a los mirones, incluyéndome, y ese sentir de impotencia de no saber ni lo que estaba pasando ni como hacer que las cosas fueran diferentes. ¿qué habrá llevado a ese hombre a ese extremo? ¿por qué nadie hacia nada? ¿qué pasó con aquella mujer? Etc. muchas preguntas que desde mi mirada infantil se han ido traduciendo y transformando con el correr de los años.


La violencia entre las parejas es un hecho en gran parte del mundo, es cierto que las mujeres denuncian más que los hombres, pero también es cierto que existen hombres golpeados y que por vergüenza no lo mencionan, como resultado de esta violencia entre dos, todos nosotros como sociedad también somos golpeados.


Hoy veo que algunas cosas han cambiado, hay leyes que protegen a la victima, hay algunos recursos para asistir a la victima, hay cursos para que los golpeadores no perpetúen su comportamiento, y seguramente muchas cosas más, sin embargo, ¿qué hace que esta violencia siga existiendo?


Veo que cada uno de nosotros tiene la opción de proteger a la victima, y separarla de este castigador ¿lo hacemos? Me pregunto ¿qué haría yo si volviera a ver algo así?


Nunca más he visto a un hombre golpear a una mujer, pero si he sabido de primera mano de mujeres que han sido golpeadas una y otra vez. La mayoría de estas golpizas resultan en daños permanentes para el circulo cercano en donde los hijos sufren quiebres para el resto de sus días.


Veo que hay esfuerzos por ayudar, colectivos y privados, sin embargo creo que nuestra intervención oportuna y cuidadosa como individuos también puede resultar en una interrupción a tiempo de algo que tiene el potencial de transformarse en un hecho irreparable.


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When I was just over 8 years old, it was usual for my sister and I to go out with dad to run some errands. We never really knew where we were going or what time we would be back, nor were we clear about what the errand was, since for us it basically meant staying in the car until dad came back. This could take a few minutes or a couple of hours.


The best about these waits was that dad bought us toys, magazines, books, sweets, soft drinks, pencils, and thousands of other entertaining items as bribes, these perfectly fulfilled the objective to kept us entertained so the time would passed by quickly.


By the time we got back home, the table was set and the food hot, everything ready for dinner, however we would come back not hungry, dirty from the pencils, and tired from playing so much. The atmosphere between mom and dad became tense and usually the errand ended in a punishment for us, and a scolding for dad for being a dad. The errand itself was never mentioned in detail, so we didn't know what all the fuss was about. Despite the reprimand, the errands continued.


I remember one particular errand when as usual dad left us in the car. Our vehicle was like a large plane: Impala was the brand, spacious, with huge windows and some buttons that we could play with. The seats were those long ones that covered the interior from side to side without any division or seat belt, nothing that blocked the space; we could even use the floor to expand our activities.


For this particular errand we parked in front of a fruit stand, one of those that displays on the sidewalk the merchandise so the customers have better access. On the right side of the stand, a staircase could be seen, one of those very thin and dark, common in the tall and old houses of Valparaíso. There we were, focused on our creations, when we heard some screams on the street. As usual, dad forbade us to get out of the car, so we raised our heads and leaned out the windows to see what was going on.


Rolling down the stairs a woman fell, followed by a man who uncontrollably proceeded to kick her on her way down. At the same time and with strong and stiff arms, he grabbed her by the hair and dragged her towards the front of the fruit stand, knocking over some of the fruit trays on display. People stopped to watch in silence, nobody said anything. The woman screamed and cried desperately doing her best to shield herself and nobody did anything.


The man was unstoppable, beyond anger, hitting her without pause, she on the other hand, curled up in a fetal position on the street, doing her best to cover and protect herself. Suddenly, he took off his belt and proceeded with the uncontrollable beating. I remember paying attention to the buckle, it was big, silver, thick, and it looked heavy. I couldn’t stop thinking of how much each of those blows must of hurt her. He become more and more out of his mind, shouting insults that I could not process but they sounded serious and hurtful. At all times, the belt felt onto her with persistent rhythm.


People contemplated out of the corner of their eyes with horror, a couple of women looked at each other with a kind of compassionate embarrassment, and two men remained motionless in front of the fruit traits protecting the merchandise. No one stopped the beater nor did they protect the victim.


My sister and I watched everything that happened in silence, we had never witnessed adults out of control like this, we used to mess with each other because we were sisters, but that, that rage, that horror, that abuse, that fear we had not seen until then.


When the beating was in full swing, Dad opened the car door quickly ordering us to sit down and stop looking. He put the car in gear and we drove away.


I turned my head and I remember seeing how the man dragged the woman upstairs by her hair, leaving a trail of blood that evidenced the abuse she was suffering.


As we left, we asked dad what was all of that about, if he knew the man or the women, and he replied: don't ask me about this, and don't tell mom!


So we obeyed, we didn't ask or tell anything, we didn't even discuss it among ourselves, just like the rest of the people who were there, we didn't do anything.


What I See Today in This Story


From this story I remember the screams, the blood, the anger, and above all the victim. I also remember the spectators, including myself, and that feeling of helplessness of not knowing what was happening or how to make things different. What could have brought that man to that extreme? Why didn't anyone do anything? What happened to that woman? etc. many questions that from my childhood perspective have been translated and transformed over the years.


In much of the world, violence between couples is a fact, it is true that women denounce more than men, but it is also true that there are beaten men that for shame do not mention it; as a result of this violence between two, all of us as a society are also hit.


Today I see that some things have changed, there are laws that protect the victim, there are some resources to assist the victim, there are courses so that batterers do not perpetuate their behavior, and surely many more things, however, what makes this violence still exists?


I see that each of us has the option to protect the victim, and take her away from the beater, do we? I wonder, what would I do if I saw something like this today?


I have never seen a man hit a woman again, but I have heard first hand of women who have been hit over and over. Most of these beatings result in permanent damage to the close circle where the children suffer breaks for the rest of their days.


I see efforts to help, collective and private, however I believe that our timely and careful intervention as individuals can also result in an opportune to stop the damage to become permanent.